El miedo hacía temblar cada parte de mi cuerpo. La bilis en la boca, que se mesclaba con la
tierra y la ceniza, hacia que me ahogara con cada bocanada de aire que tomaba
agitadamente, pero aun así tenía que correr.
Correr.
Aquellos enemigos que hacían temblar los restos de la
civilización con su avanzar invisible, ahora no tenían piedad de mis pies
descalzos, llenos de cortes, o de la ropa toda raída por los escombros. No.
Simplemente destruían todo a su paso, a todos.
Era arrodillarse o morir perseguido
como un animal, una lacra ante los ojos de
ELLOS.
Llegaron sin previo aviso, sin darnos tiempo a defendernos,
a huir. Querían dominar y no encontraron
resistencia ante el miedo de la humanidad a morir. Solo quedaban unos pocos
como yo o como las parias que ahora corrían por las ciudades desbastadas.
Los regentes, como se hacían llamar por ELLOS, simplemente
habían tomado control de cada cosa viva a su alrededor.
Tambores y bajos parecían sonar de cualquier
lado, llenando el espacio en ruinas; era como la canción de mi funeral,
llevándose la poca esperanza guardada. Pero aun así corría, con todo tipo de
cosas que rasguñaban y se me clavaban en la piel. De vez en cuando volteaba solo para sentirlos
tan cerca, a punto de agarrarme los talones.

No hay comentarios:
Publicar un comentario