Cuando todo comenzó fue de
improvisto. No hubo señales, nadie presentía nada y definitivamente nadie respiraba algo en el
aire. Ni siquiera los satélites captaron las variaciones porque ellos
aparecieron de la nada, como en un abrir y cerrar de ojos. Fue tan rápido que
en menos de 72 horas la humanidad entera se estaba arrodillando ante ellos, no
hubo tiempo de preparar un contra ataque ni tampoco teníamos armas para pelear.
Así de mal y así de trágico.
Yo estaba en casa de mi tía cosechando
manzanas del árbol de su jardín. A
finales del verano solo quedaban las últimas frutas y mi abuela quería hacer
compota, por lo que yo había ido a
buscar las manzanas al salir de la escuela. Vivíamos en lo que en ese entonces
era Lago Puelo una pequeña ciudad en el sur de Argentina, y por ello, aunque
todavía faltaba tiempo para el otoño, las hojas de algunos árboles ya tomaban vivos colores rojos y amarillos.
Volvía a casa luego de entregar
la carga de manzanas cuando el cielo se quedo sin estrellas de repente, como si
hubieran puesto una tela negra tapando las luces. Y entonces sucedió, miles de
ellos aparecieron en el horizonte con cuerpos humanoides de más de dos metros.
En treinta minutos nos tenían a todos en el predio de la rural, a todas las
almas en un radio de treinta kilómetros a la redonda. Las personas estaban frenéticas hablando por
sus celulares y llorando porque sabe quién. Yo solo buscaba a mi familia
empujando y volteando a personas que estaban tan asustadas que no podían
insultarme. Termine al lado del
escenario cuando los encontré. Papá, mamá y mi hermanita Ana. No gritaban ni lloraban, solo estaban abrazándose y luego
abrazándome a mí.
¿Saben? En todas las ciudades
pasaba lo mismo, en todas sin importar lo chiquitas o muy grandes que fueran y
lo sabíamos gracias a los que hablaban por celular o a los que no se
desconectaban de Facebook móvil. No fue como en las películas en las que la
armada estadounidense, obviamente siempre salvando al mundo, junto al resto de los países formó un contra
ataque, ni siquiera nuestro ejército estuvo presente. Simplemente no podíamos
hacer nada.
En el predio nos tenían rodeados
y aunque algunos habían intentado escapar terminaron desintegrados. Así de
fácil, sin rayos láser ni ruidos extraños, solo una pequeña cosita que tenía
forma de bala y al instante en que tocaba a un humano, desaparecían sin más y
ellos volvían a su estado de inmovilidad.
Ellos. Los comenzamos a llamar ellos. Simplemente nos miraban desde
arriba y digo miraban porque no puedo describirlo. Ya dije que median más de
dos metros, ya dije que eran humanoides pero no dije que eran de color negro
mate y completamente lisos, sin el lugar de los ojos ni nariz ni boca. Nada y eso era de alguna forma peor. No teníamos
un rostro para culpar del horror.
Pasaron tres días en lo que
estuvimos todos ahí y extrañamente reinaba un silencio de muerte. Mamá y papá
hablaban con el resto de mi familia
entre susurros pero nosotras estábamos más atrás, algo rezagadas. Yo tenía
agarrada a Ana de la mano ofreciéndole mi hombro como una incómoda almohada
porque, aunque ella es solo un año menor que yo, es un poco más alta. La
escuchaba constantemente lanzar plegarias, la escuchaba llorar rogándole a dios
que nos ayudara y también escuche la amargura en su voz preguntándose porque. La
envidiaba porque yo no podía sentir casi nada, veía todo como desde lejos sin
poder horrorizarme. Sin poder rogar ni pedir ayuda.
A las tres de la tarde, eso lo
supe porque la señora que estaba al lado mío tenía un reloj, ellos por fin se
movieron. Todos formaron una hilera de
sombras gigantes delante de nosotros y abrieron paso a un gigante de ónix liso que media como
siete metros.
No se movió pero todos lo
escuchamos, era tanto una voz como miles
a la vez que retumbaba en nuestra cabeza.
Era el fin.
Estábamos perdidos.

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