lunes, 11 de mayo de 2015

Los Regentes (relatos cortos)


Cuando todo comenzó fue de improvisto. No hubo señales, nadie presentía nada  y definitivamente nadie respiraba algo en el aire. Ni siquiera los satélites captaron las variaciones porque ellos aparecieron de la nada, como en un abrir y cerrar de ojos. Fue tan rápido que en menos de 72 horas la humanidad entera se estaba arrodillando ante ellos, no hubo tiempo de preparar un contra ataque ni tampoco teníamos armas para pelear.
 Así de mal y así de trágico.
Yo estaba en casa de mi tía cosechando manzanas del árbol de su jardín. A  finales del verano solo quedaban las últimas frutas y mi abuela quería hacer compota, por lo que  yo había ido a buscar las manzanas al salir de la escuela. Vivíamos en lo que en ese entonces era Lago Puelo una pequeña ciudad en el sur de Argentina, y por ello, aunque todavía faltaba tiempo para el otoño, las hojas de algunos árboles ya tomaban  vivos colores rojos y amarillos. 
Volvía a casa luego de entregar la carga de manzanas cuando el cielo se quedo sin estrellas de repente, como si hubieran puesto una tela negra tapando las luces. Y entonces sucedió, miles de ellos aparecieron en el horizonte con cuerpos humanoides de más de dos metros. En treinta minutos nos tenían a todos en el predio de la rural, a todas las almas en un radio de treinta kilómetros a la redonda.  Las personas estaban frenéticas hablando por sus celulares y llorando porque sabe quién. Yo solo buscaba a mi familia empujando y volteando a personas que estaban tan asustadas que no podían insultarme.  Termine al lado del escenario cuando los encontré. Papá, mamá y mi hermanita Ana.  No gritaban ni  lloraban, solo estaban abrazándose y luego abrazándome a mí.
¿Saben? En todas las ciudades pasaba lo mismo, en todas sin importar lo chiquitas o muy grandes que fueran y lo sabíamos gracias a los que hablaban por celular o a los que no se desconectaban de Facebook móvil. No fue como en las películas en las que la armada estadounidense, obviamente siempre salvando al mundo,  junto al resto de los países formó un contra ataque, ni siquiera nuestro ejército estuvo presente. Simplemente no podíamos hacer nada.
En el predio nos tenían rodeados y aunque algunos habían intentado escapar terminaron desintegrados. Así de fácil, sin rayos láser ni ruidos extraños, solo una pequeña cosita que tenía forma de bala y al instante en que tocaba a un humano, desaparecían sin más y ellos volvían a su estado de inmovilidad.  Ellos. Los comenzamos a llamar ellos. Simplemente nos miraban desde arriba y digo miraban porque no puedo describirlo. Ya dije que median más de dos metros, ya dije que eran humanoides pero no dije que eran de color negro mate y completamente lisos, sin el lugar de los ojos ni nariz ni boca.  Nada y eso era de alguna forma peor. No teníamos un rostro para culpar del horror.
Pasaron tres días en lo que estuvimos todos ahí y extrañamente reinaba un silencio de muerte. Mamá y papá hablaban con el  resto de mi familia entre susurros pero nosotras estábamos más atrás, algo rezagadas. Yo tenía agarrada a Ana de la mano ofreciéndole mi hombro como una incómoda almohada porque, aunque ella es solo un año menor que yo, es un poco más alta. La escuchaba constantemente lanzar plegarias, la escuchaba llorar rogándole a dios que nos ayudara y también escuche la amargura en su voz preguntándose porque. La envidiaba porque yo no podía sentir casi nada, veía todo como desde lejos sin poder horrorizarme. Sin poder rogar ni pedir ayuda.
A las tres de la tarde, eso lo supe porque la señora que estaba al lado mío tenía un reloj, ellos por fin se movieron.  Todos formaron una hilera de sombras gigantes delante de nosotros y abrieron paso  a un gigante de ónix liso que media como siete metros.
No se movió pero todos lo escuchamos, era tanto una voz  como miles a la vez que retumbaba en nuestra cabeza.
 Era el fin.
Estábamos perdidos. 

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